Banana Republic Forever
Mientras en la capital los intermediarios criollos generan millones por firmar papeles, en Bocas del Toro, la gente que más se parte el fuas vive igual que en el Siglo XIX
No gods to rule us
No drugs to soothe us
No myths to prove stuff
No love to confuse us
Not bad for a race of demented monkeys
From a cave to a city to a permanent party
C'mon!
- Father John Misty, "Total Entertainment Forever" (2017)Duro lo de Bocas. Todavía recuerdo la primera y única vez que fui, obviamente, a Isla Colón y cercanías
¡Sale pa’ Zapatilla!
El mismísimo paraíso terrenal, algo que, luego de mudarme a EE.UU., no se cansaba de decirme la gente cuando les contaba que era panameño.
“Bocas del Toro? Oh my god, I looove Bocas!!!”
“OMG, me too! #obvy”, les respondía.
A medida que pasaban los años, sin embargo, más aprendía yo de la boca de extranjeros sobre esta mítica provincia: retiros internacionales de yoga de no se cuántas personas, festivales de electrónica, israelíes y demás extranjeros yendo a vivir allá después de su servicio militar, nuevos resorts estilo Bali y Bora-Bora, y hasta la remodelación del aeropuerto de Bocas Town.
Pero tampoco era sorpresa. Desde que los gringos nos devolvieron el Canal, la prensa internacional no hizo más que anunciar con flores y poesía la existencia de éste y demás destinos panameños, como algunos de los lugares más codiciados pa’ viajeros de todo tipo: de lujo, backpackers, surfers, eco-turistas y hasta expatriados.
En pocas palabras, las cosas se veían muy bien pa’ los bocatoreños, especialmente después de haber existido, al menos toda mi juventud, al margen de la civilización. La mayoría vivía, igual que hoy, como lo habían hecho sus antepasados: trabajando el campo entre la humedad, los mosquitos y las enfermedades tropicales, a nada del agotamiento, en tierras que jamás pertenecieron a ellos ni a sus familias — por más que esas tierras no las haya vivido ni trabajado más nadie.
Como pasa demasiado en Panamá, lastimosamente, en Bocas también han sido multinacionales, y en general capital sin conexiones reales a la provincia, las que históricamente se han quedado con la inmensa mayoría del valor proveniente del recurso nacional — en este caso, el “terroir” bocatoreño (por así decirlo).
Bocas, junto con Colón, representa el extremo de la desidia, especialmente de los que más nos hemos beneficiado de la economía nacional, secuestrada e improductiva. Sin demasiado drama, hemos normalizado el estado infrahumano en el que viven tantos de nuestros (supuestos) compatriotas. Changuinola, donde están las fincas de la filial local de Chiquita Brands, la multinacional bananera, es literal un pueblo perdido en el tiempo, con su gente atascada hace siglo y medio y condenada a una vida que, como país, debimos haber dejado atrás hace añosss.
Pero no lo hicimos. A pesar de todas nuestras ventajas geográficas (y geopolíticas), seguimos siendo la misma república bananera de siempre, con cientos de Macondos a lo largo y ancho del territorio nacional, donde las lluvias de capitales — que literalmente se chocaron contra el país, cómo Cristóbal Colón se chocó contra América — nunca llegaron.
Gracias, más que nada, a que los viajes a #Breck (y #space), y los apartamentos en #Brickell no se pagan solos, Panamá parece estar destinada al sub-desarrollo pa’ siempre — y a toda la desgracia que éste trae consigo — pa’ que un par de familias criollas (y emprendedores políticos) podamos gozar de las maravillas del primer mundo en medio del más puro atropello tercermundista.
¿Por qué nosotros no?
Es una pregunta válida, especialmente considerando que, al final de la Segunda Guerra Mundial (1945), países que hoy son ricos como Corea del Sur y Taiwán, por ejemplo, sufrían condiciones estructurales muy similares a las de América Latina, incluyendo Panamá: economías primarias (agrícolas) con escaso desarrollo socioeconómico y sus tierras y demás recursos intensamente concentrados en unas cuantas familias/individuos, al igual que instituciones políticas débiles y una paupérrima infraestructura física — en el caso de los países asiáticos, destruida por años de guerra y colonialismo.
Sin embargo, en las décadas que siguieron, estos dos países, junto con el resto de los “Tigres Asiáticos”, transformaron por completo sus economías, concentrándose en la creación de valor y desarrollando industrias avanzadas, prácticamente, de la nada. Al mismo tiempo, la mayoría de los países latinoamericanos se estancaron, y algunos incluso retrocedieron en términos de desarrollo humano.
Una de las diferencias claves entre las respectivas “rutas” que tomaron estas dos regiones hacia el desarrollo es ilustrada por James Putzel del London School of Economics. En su estudio, “Reforma agraria en Asia: Lecciones del pasado para el siglo XXI”, el investigador y catedrático compara las diferentes reformas económicas llevadas a cabo por los países de Oriente Lejano y América Latina, respectivamente, en la segunda mitad del siglo XX. Con esto, logra explicar al menos parte de la impresionante disparidad en los resultados (life outcomes) que vemos hoy día entre ambas poblaciones.
Según el estudio, una de las claves fundamentales del éxito de los Tigres Asiáticos fue la implementación pronta y autoritaria de reformas agrarias, en esencia, redistributivas. Particularmente en Corea del Sur y Taiwán, estas reformas transformaron de manera radical las estructuras sociales, poniendo fin a las instituciones extractivas heredadas de sus respectivos colonizadores. Al debilitar el poder de los terratenientes criollos, tanto el Estado taiwanés como el surcoreano crearon una nueva clase de pequeños propietarios.
Putzel explica que estas reformas no tuvieron mucho que ver con movimientos o sindicatos campesinos — ni con que, de la nada, los líderes de estas naciones empezaran a actuar de manera “iluminada”. Surgieron, de hecho, en un contexto geopolítico muy específico, la Guerra Fría (1945-1989). Desde antes que ésta empezara, incluso, Estados Unidos ya había identificado la pobreza extrema, la desigualdad económica y el resentimiento social como fertilizantes pa’ la expansión del comunismo. Como estrategia pa’ contenerlo, el gobierno estadounidense se aseguró que sus aliados en Asia acabaran, de una vez por todas, con su disparatada concentración de la tierra (y los recursos productivos en general), a cambio del respaldo financiero, logístico y político del único país capaz de garantizarle a ambos su seguridad nacional posguerra.
En el caso de Taiwán, las tierras que pertenecieron a colonizadores japoneses se redistribuyeron entre campesinos locales mediante un programa escalonado y compensatorio. En Corea del Sur, luego de la guerra que dividiese en dos la península coreana, la ocupación militar estadounidense impuso limites sobre la tenencia de tierra. Los “excedentes” fueron redistribuidos entre los antiguos arrendatarios, es decir, aquellos que la habían trabajado y vivido desde siempre, muchos de los cuales se convirtieron en propietarios por primera vez en sus vidas.
Las reformas efectivamente “democratizaron” — sin democracia, ya que pa’ esos tiempos ambos países eran dictaduras — el acceso al recurso nacional más básico, y capital productivo más importante de la época: la tierra. Esta redistribución fue la base de lo que hoy se conoce como el “milagro asiático”, el cual produjo incrementos sostenidos en productividad y el importantísimo ahorro doméstico — en Panamá, inexistentes ambos. De manera clave, facilitó también la inversión en educación y salud públicas, y generó un mercado interno pudiente que, más adelante, financiaría con sus impuestos la industrialización del país — en ambos casos, también, liderada por el Estado.
Entonces, las reformas agrarias de los Tigres Asiáticos no fueron políticas random o “populistas”, ni el intento de un solo tirano por “transformar la sociedad” de su respectivo país. Más bien, fue el primer paso de una estrategia nacional y largoplacista que, como mínimo, entendía que sin incrementar la productividad del capital humano, no habría modernización ni crecimiento económico — es más, lo que hay en ese caso, usualmente, es caos y violencia.
Así fue que en países como Surcorea y Taiwán, al igual que en Japón y, años más tarde, China, fueron más que nada campesinos los que se convertirían en la clase media amplia — y más adelante, en los profesionales, técnicos y emprendedores que harían de sus ciudades los lugares más productivos del planeta. Al debilitar el poder de la latifundia rural, es decir, los grandes terratenientes, el Estado justificó su legitimidad ante la mayoría de sus ciudadanos, creando así una base impositiva amplia pa’, poco a poco, construir una economía moderna.
Como dramático contraste, en Latam no se llevaron a cabo reformas agrarias comparables, ni en escala ni intención. Los terratenientes de casi toda la región lograron mantener su poder político y económico, en muchos casos co-optando los (relativamente) patéticos intentos de redistribución por parte del Estado — por sapiens que somos, ma’ná, no vayas a creer que esto es de buenos y malos.
En Panamá, la reforma agraria “torrijista” fue un chiste. En lugar de crear estructuras o instituciones que incrementaran el acceso de los panameños a sus propios recursos, los dictadores (y sus secuaces civiles) optaron por quedarse con la mayoría del valor extraído, a su vez repartiendo las sobras al resto de la población por medio de “asistencia social” — lo que conllevó al clientelismo del cual sufre Panamá, al menos, desde su independencia de España (1821) #wegodeep
Hoy día, esta rosca también incluye el subsidio a “industrias” agrícolas de productividad cero. Como ya vimos con los arroceros criollos que se robaron $860 millones en 10 años, estos subsidios equivalen a mantener una fogata prendida con billetes de $100 — o de financiar, con plata que nos corresponde a todos por igual, las extravagancias de nuestra clase intermediaria.
Sin cambiar la concentración de la propiedad, entonces, el país entero sigue condenado a los caprichos de la concentración de poder. La caótica y peligrosa crisis que hoy vemos, no solamente en Bocas, es la alerta más reciente del riesgo que corremos como res pública, por lo vulnerable que ha dejado el modelo económico panameño al Estado y, por ende, a la gran mayoría de sus ciudadanos.
Si el pasado apunta a lo que viene, esta alarma también la ignoraremos. Honestamente, aquí no ha pasa’o na’ pa’ interrumpirle el tee time a nadie, mucho menos por una crisis “humanitaria” a dos horas de la capital. Como la inmensa mayoría de los panameños, los bocatereños seguirán siendo dependientes, ya sea del Estado o de alguna de las pocas compañías rentables del patio. Por consiguiente, nunca tendrán recurso alguno pa’ chifear su castigo, simplemente, por haber nacido limpio’, sin acceso al inédito valor que emana de este pedacito de istmo centroamericano.
Reforma agraria, ¿tú ‘tas loco o qué?
Chilea, no estoy proponiendo siquiera algo similar. Estoy más que nada recalcando que Panamá sigue estancada en el más brutal y degradante sub-desarrollo (humano, más que nada) por la concentración de los recursos del Estado, o el acceso a los mismos, en manos de unos cuantos clanes locales. Me queda claro, además, que semejante reforma hoy día no solamente sería políticamente imposible — sin recurrir a la violencia, claro está — sino, además, sumamente impráctica y, por ende, no es aconsejable.
Aún así, nos urge implementar políticas que 1) limiten la concentración de poder económico y, por ende, político que existe en nuestro país y 2) incrementen el acceso de todos y cada uno de los panameños al valor único que generan, entre otros, nuestras posición geográfica, infraestructura pública y código legal. En este sentido, una de las políticas más urgentes, como he dicho anteriormente, es un impuesto sobre el valor mercado de la tierra — también conocido como Land Value Tax (LVT).
A diferencia de los impuestos tradicionales que gravan lo construido o producido en un terreno, el LVT grava el valor de la tierra solamente, que en contextos como el panameño, aumenta no por el esfuerzo ni la inversión de los dueños, sino por decisiones políticas de los diferentes gobiernos a través de los años — todos corruptos hasta la médula ósea, recuérdalo.
En efecto, el país necesita que los terratenientes criollos paguemos por el inmenso costo de oportunidad que representa no darle el uso más productivo posible, en todo momento, al recurso nacional que poseemos — aunque lo que pasa más a menudo es que simplemente dejamos la tierra en desuso, esperando que el Estado nos la valorice. También, y esto en algún momento lo desarrollaré con mas detalle, la única manera de remunerar justamente el esfuerzo de los campesinos criollos es dándole participación sobre una fracción (10%, ¿al menos pa’ empezar?) de los frutos de su sudor. Con la tecnología que hoy existe, no es difícil de imaginar una especie de acuerdo, y sistema, pa’ compartir ingresos (revenue sharing, como tiene la NFL) entre los dueños de la tierra y quienes la trabajan.
Entre la espada y la pared
Nada de esto lo propongo, pa’ que temos claro’, por virtud ni idealismo. Cómo he argumentado anteriormente, una clase media abarcadora y robusta es la base más estable pa’ una democracia funcional — y en Panamá, estamos asfixiando a la nuestra.
La Clase Media Amplia (CMA) está atrapada — sin institución que la represente ni luche por sus intereses — entre los pocos con suficiente plata pa’ comprar leyes, por un lado, y los grupos de interés que, bien organizados, chantajean al Estado a punta de paros, bloqueos y demás terrorismo doméstico, por el otro. Básicamente, si Panamá no quiebra por la decadencia de sus ricos, de seguro se romperá en mil pedazos por la desesperación de sus pobres.
Obviamente, los corruptos líderes de los sindicatos joden aún más al trabajador, en este caso agrícola. Al final del día, sin embargo, el problema medular es la falta de acceso del panameño común a su propio Estado. Es aquí, por consiguiente, donde nos toca hacer cambios serios, bien pensados y que beneficien a la gran mayoría de nuestros ciudadanos.
Ellos, por cierto, no están pa’ servir a la economía, especialmente no a multinacionales que extraen valor del país. Más bien, la economía nacional debe servirlos a ellos, y al resto de los panameños, pa’veee si algún día — ¡de la mano de Dios! — pueden disfrutar de las tecnologías, al menos, del Siglo XX, como fontanería interior y energía eléctrica.
¿Tú que opinas, broder?







El cambio hacia una democracia más justa es posible como sucedió en el otro lado del mundo y quizá no se refleje ahora, pero regulaciones estatales y nuevas leyes se verían en los hijos y nietos de los agricultores latinoamericanos.